la llave maestra una vision clara perfil luis pere diaz
No es discriminatorio que nos digan ciegos, discrimen es que no nos den participación o un trabajo por ser ciegos”
LAURA CANDELAS / Especial para El Nuevo Día
Luis Pérez Díaz tiene 23 años. Estudia trabajo social y educación física en la Universidad de Puerto Rico. Quiere estudiar una maestría en comunicación para ser periodista. Es judoka y es ciego. Sin embargo, la ceguera es la característica que menos lo define. Por esta misma razón, en la enumeración de elementos que lo describen, está en último lugar.
Si los ciegos fuéramos nosotros, todos los demás, y no viéramos el bastón que utiliza para caminar, nunca nos daríamos cuenta. Si cerráramos lo ojos y lo escucháramos hablar de su vida y de sus planes, de sus ilusiones, y de su novia Viviana, no sospecharíamos que es ciego de nacimiento.
Habla como cualquiera de que es medallista panamericano en su disciplina, que entrena para participar en varias competencias internacionales, que estudia 15 créditos en la UPR y que fue un activo militante en la pasada huelga universitaria.
“Mi mamá me dio la oportunidad de ser independiente”, dice orgulloso. En su casa, como cualquier otro hijo de familia, corta la grama, organiza su cuarto y “si hay que fregar, friego. No hay tareas especiales para nadie”.
A su madre, Wanda, le costó trabajo enfrentar la ceguera de su hijo. “Se sintió triste, por la ilusión que tienen los padres de que los hijos les salgan sin dificultades. Pero después se encargó de buscarme la mejor educación”, afirma Luis.
Luis estudió en la escuela especializada para ciegos Loaiza Cordero en Santurce. Hasta allí viajó diariamente desde Toa Alta durante todo el tiempo que le tomó completar el noveno grado. La escuela superior la hizo en la Miguel Cervantes Saavedra de Bayamón.
La escuela especializada, explica, es intencionalmente sólo hasta noveno grado para que después los estudiantes pasen a compartir en el mundo de todos del resto de los mortales, armados con las herramientas que aprendieron. “Se entiende que ya el estudiante ha desarrollado las destrezas necesarias para desempeñarse en una escuela normal. Es un reto. Ahí es que se empieza definir si te desarrollaste de verdad. Tengo amigos que no siguieron estudiando. Eran muy dependientes”, subraya para añadir: “Mi consejo a los padres, de hijos ciegos o no ciegos, es que los críen independientes”.
Así es Luis. Cuenta, y se ríe, que de pequeño recibió muchos golpes, físicos y emocionales, “por querer ser normal”. “Jugaba con niños que no eran ciegos, pero si no hubiera recibido esos golpes, no hubiera crecido tanto”.
En la UPR participó militantemente en la pasada huelga. “Mi nombre (de guerra) era ‘pandereta’ porque siempre estaba tocando panderos de plena” en las manifestaciones estudiantiles.
¿Y qué decía su mamá al respecto? Luis reconoce que su madre se preocupaba, pero él nunca se dejó dar un golpe de la Policía o de la Guardia Universitaria. “Yo no me iba a exponer a recibir golpes y, mucho menos de gente que no sabe lo que hace y que actúan como máquinas”, asegura, mientras enfatiza que la huelga “nos cambió la vida a todos, agrupó gente con pensamientos diferentes e ideales diferentes para defender la educación pública. Allí hubo pensamiento crítico”.
Tras la huelga, Luis no pudo regresar a la residencia de estudiantes que está dentro del campus en donde había vivido durante cinco años. La explicación de la Administración es que ya había agotado el número de años permitidos para disfrutar de ese beneficio. Pero Luis no se amilanó, se mudó, con otros cuatro estudiantes, a un apartamento en Santa Rita. Todavía tiene que seguir con su entrenamiento y sus 15 créditos para terminar su bachillerato e ingresar luego a la Escuela de Comunicación para hacer una maestría en periodismo.
Explica la convergencia que ve entre el trabajo social comunitario y el periodismo. “Qué mejor que un trabajador social, que conoce el sentir de las personas, para reportar sin amarillismos”.
Mientras eso llega, sigue entrenando para el campeonato mundial en Turquía en abril del 2011, los Panamericanos en México ese mismo año, y para las Paralimpiadas en Londres en el 2012. “El primer día que fui al complejo deportivo (en la UPR) les dije que no veía y me dijeron que no había problema”.
Nunca lo ha habido. Luis practica deportes desde pequeño, pero le entró en serio ya en la UPR. Comenzó con lucha olímpica pero pronto cambió al judo. “En judo el contrincante tiene que tocarte para atacarte, se tiene que acercar”. Y ahí aprovecha Luis para hacer sus movimientos.
Ha competido y ganado medallas nacionales e internacionales en la Liga Atlética Interuniversitaria, Brasil y Colorado, y ha entrenado en Japón. Compite con ciegos y con contrincantes que ven. Es el único puertorriqueño ciego que compite a nivel internacional.
“Me puedes decir ciego”, dispara casi al inicio de la entrevista sin ningún dejo de amargura o soberbia. “Lo otro son eufemismos, -no vidente, invidente- la gente lo dice por sentimiento, por no hacer sentir mal. No es discriminatorio que nos digan ciegos, discrimen es que no nos den participación o un trabajo por ser ciegos. Eso sí es discrimen”, concluye.